Un vehículo para la pastoral en la nueva Diócesis de Bahir Dar–Dessi

Muchos turistas extranjeros vuelan a Bahir Dar, la tercera mayor ciudad de Etiopía occidental. Allí no solo se pueden pasar las vacaciones a orillas del lago Tana, bajo árboles florecientes, y admirar en excursiones en barco a los pelícanos, hipopótamos y las fuentes del Nilo Azul, sino también antiguos monasterios. El emperador Haile Selassie también tenía allí un palacio.

No obstante, a pocos kilómetros de Bahir Dahar, comienza otro mundo: las cabañas son cada vez más misérrimas, los niños conducen cabras por la carretera y pequeños burros tiran de carromatos de madera cargados de leña y sacos llenos de carbón o paja. Caravanas enteras de burros arrastran bidones de agua amarillos por la carretera, pues no hay agua corriente. También se ven a pequeños grupos que transportan durante horas, bajo un calor infernal, a enfermos sobre camillas de madera y paja, para llevarlos a la clínica de la ciudad. A menudo, cuando llegan ya es demasiado tarde.

Cuanto más se aleja uno de la ciudad tanto más intransitables son las carreteras. Así se llega a la región de Benishangul-Gumaz, una de las regiones más pobres y abandonadas del país, ubicada en la frontera con Sudán. Allí viven unas 990.000 personas, y más de una quinta parte pertenece a la etnia de los gumuz. A finales del siglo XIX y todavía en el primer tercio del XX, muchos gumuz fueron víctimas de los traficantes de esclavos. Hasta el día de hoy viven como cazadores y recolectores. Estas personas aceptan gustosamente la Buena Nueva cuando la Iglesia acude a ellas, pues la Buena Nueva las libera de ideas tradicionales que les infunden miedo. Así, por ejemplo, sienten un gran temor hacia la brujería. Al mismo tiempo, estas personas necesitan una ayuda concreta, pues carecen de atención médica, escuelas e infraestructuras en general. También aquí, la Iglesia los apoya: la pastoral y la ayuda al desarrollo van de la mano.

Este año, la Iglesia Católica ha fundado la Diócesis de Bahir Dar–Dessi, que cuenta con veinte parroquias y unas 40 filiales, a saber, poblados con capillas en las que se celebra la Santa Misa. Los sacerdotes tienen que recorrer enormes distancias para visitar a los creyentes, y los domingos tienen que celebrar la Santa Misa en varios lugares. El problema es que en la época de lluvias muchos caminos se convierten en gigantescos barrizales, intransitables para todo lo que no sea un todoterreno. Desgraciadamente, esta jovencísima diócesis carece de un vehículo con tracción en las cuatro ruedas para llevar la pastoral a los lugares más remotos.

Posted on 18 noviembre, 2015 in Noticias

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