“Salve, Madre”

El Padre Werenfried y la Madre de Dios de Fátima

 

Por Eva-Maria Kolmann

 

Era el 13 de octubre de 1992 cuando el Padre Werenfried van Straaten rezaba el Rosario en la Plaza Roja de Moscú ante el mausoleo de Lenin, sin que molestaran al casi octogenario ni la aguanieve ni el frío. Según él mismo reconoció más tarde, en aquel momento, para él, su edad “no eran ochenta años, sino cuatro veces veinte”. El hecho de poder vivir la caída del Telón de Acero supuso para él una gracia enorme, pues había venido anunciando en voz alta durante décadas la verdad sobre el comunismo, y muchas veces había clamado en el desierto, pues, en Occidente, muchos no querían reconocer que la supuesta “libertad religiosa” en realidad no significaba más que una “liberación de toda religión”. Por fin, se había hecho realidad lo que el Padre Werenfried había predicho una y otra vez: “Los gigantescos retratos de los modernos Goliats, que tan desafiantemente observan desde arriba a las masas, están hechos pedazos y sus restos en polvo se convertirán. Estos retratos acabarán dando paso a los iconos”.

 

El hecho de que el Padre Werenfried pudiera rezar el Rosario en la Plaza Roja precisamente el 13 de octubre puede considerarse providencial, porque el Padre Werenfried era –al igual que el Papa Juan Pablo II– un gran venerador de la Virgen. Y, al igual que el gran Papa santo, mantenía una relación especialmente profunda con el mensaje de la Madre de Dios de Fátima. La Virgen Santa se les había aparecido en el año 1917, en seis ocasiones, en la localidad portuguesa de Fátima, a tres pastorcillos, a los que había confiado un mensaje para el mundo. Advirtió a estos niños, que ni siquiera sabían lo que significaba “Rusia”, del peligro que emanaba para la humanidad de la Revolución de Octubre y el comunismo, y les reveló que la oración, la penitencia y la conversión interior eran los medios con los que se pueden prevenir guerras y demás desgracias para el mundo. El 13 de octubre de 1917, más de 50.000 personas fueron testigos de un milagro, cuando, en el mismo lugar de las apariciones, el sol comenzó a girar en torno a sí para luego oscilar en dirección a la tierra trazando un patrón de zigzag y luego volver a ascender. Las apariciones de Fátima están reconocidas por la Iglesia Católica.

 

Para el Padre Werenfried, el mensaje de la Virgen de Fátima fue durante toda su vida la guía y el hilo rojo de todas sus obras. Ya como joven religioso, en el año 1942, había oído hablar por primera vez de Fátima. Su asociación Ayuda a la Iglesia que Sufre, antes Ostpriesterhilfe (Ayuda a los sacerdotes del Este), la consagró solemnemente, en varias ocasiones, a la Virgen de Fátima. Para él, era evidente que el mundo se encontraría en peligro mortal si no obedecía al llamamiento de la Madre de Dios. La razón por la que este mensaje era tan importante para él era que, en su opinión, lo que en realidad se esconde tras los fenómenos históricos y políticos es la lucha apocalíptica entre la Mujer y el Dragón, sobre la cual escribió: “Más allá de la palabrería de los diplomáticos en las conferencias internacionales, desde hace más de setenta años se libra la lucha ancestral descrita por el Apóstol San Juan en su visión de la Mujer y el Dragón (cfr. Hch 12, 1-10). El cabecilla de los espíritus infernales es Satán, mientras que a la cabeza del ejército celestial se encuentra la Reina de los Ángeles. Él, que ha dicho NO a Dios, emprende la batalla contra ella, que ha dicho SÍ: este es el verdadero sentido de la Revolución de Octubre y la única filosofía de la historia que explica los motivos últimos”.

 

La veneración de la Madre de Dios une de forma especial a los cristianos católicos y ortodoxos. El Padre Werenfried entendió totalmente que “la imprescindible nueva evangelización de Rusia es la tarea principal de nuestra Iglesia hermana ortodoxa”. Cuando el Papa Juan Pablo II le encargó en el año 1991 que se pusiera al servicio de la reconciliación con la Iglesia Ruso-Ortodoxa, enseguida se entusiasmó con la idea, porque sabía que la Iglesia Ruso-Ortodoxa tenía que empezar de cero tras la persecución sin precedentes de los tiempos soviéticos y que necesitaba ayuda. Poco antes de su muerte el 31 de enero de 2003, subrayó: “Nosotros aspiramos a un ecumenismo de la solidaridad. Entre dos Iglesias que deberían estar juntas no debe haber competencia ni desconfianza ni xenofobia”. En este sentido, el objetivo nunca ha sido latinizar a la Iglesia Ortodoxa o captar a sus miembros, sino, desde un principio, ayudar con un amor desinteresado a los hermanos cristiano-ortodoxos.

 

Sin duda, tampoco es casualidad que la imagen de la Madre de Dios de Kazán –el icono más venerado por los creyentes ruso-ortodoxos–, encontrara, por así decir, “asilo católico” durante décadas en Fátima. En la confusión de la Revolución de Octubre, el icono llegó en 1920 a Occidente. Tras una odisea, apareció en 1964 en la Exposición Universal de Nueva York. El Ejército Azul de María –el actual Apostolado Mundial de Fátima– adquirió el icono y se lo llevó a Fátima. En 1993 el icono llegó, como regalo al Papa Juan Pablo II, al Vaticano. El Papa lo guardó en sus aposentos y lo veneró profundamente. En el año 2004 restituyó la imagen a la Iglesia Ruso-Ortodoxa.

 

Cuando la Kasanskaja todavía estaba en Fátima, y para alegría del Padre Werenfried, tuvo lugar el 13 de octubre de 1991 una retransmisión televisiva ecuménica especial que mostró de forma especial la unidad de católicos y ortodoxos en la veneración de la Madre de Dios: 150 canales televisivos y 350 emisoras radiofónicas de la Federación Rusa retransmitieron durante 75 minutos el programa emitido en vivo desde Fátima, que también fue visto en casi todas las Repúblicas de la URSS. En Fátima se reunieron ante el icono 900.000 personas con cirios encendidos que, entre cánticos, rezaban por la intercesión de la Madre de Dios por Rusia. Aparte del estudio de retransmisión en Moscú, donde 70 alumnos de una escuela dominical ortodoxa y numerosos adultos siguieron el programa y plantearon preguntas, esta emisión la vieron y escucharon entre treinta y cuarenta millones de personas. En su alocución, el Padre Werenfried les dijo a los espectadores y oyentes rusos: “Sois hijos de María, la mejor Madre que uno pueda imaginarse; una Madre que nunca abandona a sus hijos. Por eso ella, a la que veneran los creyentes de vuestro pueblo como Madre de Dios de Kazán y Patrona de Rusia, dirigió Su mirada maternal hacia vuestra patria, cuando emprendió en 1917 la lucha contra la revolución de Lenin”.

 

El coro de la catedral ortodoxa había manifestado el deseo de “conferir a la celebración en Fátima aún más brillo” con su actuación. Pero, como no pue posible conseguir los visados a tiempo, el canto del coro fue incluida en el programa cuando el icono de la Madre de Dios de Kazán apareció en la pantalla. Para muchas personas, esta emisión fue un signo de que había que –como lo formuló el Padre Werenfried– “superar, de una vez por todas, las divisiones y restablecer mediante la oración, la penitencia y la conversión interna la unidad de todos los cristianos”.

 

El 13 de mayo de 2000, el Padre Werenfried fue invitado a concelebrar con el Papa Juan Pablo II la beatificación de los pastorcillos Francesco y Jacinta en Fátima. La procesión de luces vespertina, durante la cual –a sus 87 años de edad– siguió al icono desde la silla de ruedas, por delante de un millón de peregrinos que iban por detrás, fue uno de los momentos culminantes de su vida. Sobre este acontecimiento escribió: “Nunca me he sentido tan unido a la Virgen y sus humildes hijos como en aquella tarde-noche rodeado de un mar de velas encendidas en Fátima”.

 

A su asociación, Ayuda a la Iglesia que Sufre (antes Ostpriesterhilfe), y a sí mismo se ha consagrado solemnemente, en múltiples ocasiones, con esta oración consagrante de la Madre de Dios: “Sí, nos consagramos toda nuestra asociación y nosotros mismos a Ti, María, Madre de Jesús, Virgen purísima, poderosa intercesora, ejemplo para todos los hombres, Inmaculada. Consérvanos en el amor de Tu Hijo, protégenos de los peligros de este mundo y guíanos, seguros, hasta el corazón de Dios. Y concédenos, Madre, que, cuando hayamos traspasado el oscuro umbral de la muerte y estemos ante el tribunal de Tu Hijo, Te encontremos a Ti allí, con una sonrisa en Tus ojos, para poder decir tranquilos: ¡Salve, Madre!”.

Posted on 28 octubre, 2015 in Noticias

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