Nadie está enfadado con Dios

La situación humanitaria de los refugiados cristianos en Irak ha mejorado – Pero la falta de perspectivas de futuro les causan quebraderos de cabeza.

«Gracias, gracias, gracias»: Suheila, una cristiana de edad avanzada de Mosul, expresa efusivamente su gratitud cuando se encuentra con una delegación de «Ayuda a la Iglesia que Sufre». «Que Dios os dé una vida sin dificultades». La anciana vive en el Sport Club Center de Ankawa, donde han encontrado refugio más de 200 familias cristianas de Qaraqosh. Las caravanas que allí se alzan las ha comprado «Ayuda a la Iglesia que Sufre». «Es realmente una gran mejora. Estoy muy agradecida. Pero en general esto, naturalmente, no es vida. Hemos perdido todo. Lo peor de todo es que no sabemos cuándo volveremos a nuestra tierra, si es que volvemos». Desde junio, la anciana está huyendo. Dos veces tuvo que echarse a correr, con miles de otras personas, para salvar su vida. Cuando las milicias terroristas ISIS, a comienzo de junio, asaltaron Mosul, al norte de Irak, huyeron miles de cristianos. «Primero nos dirigimos a Qaraqosh. Pero cuando ISIS avanzó hacia allí, en agosto, nos vimos obligados a huir de nuevo. Ahora llevamos ya cuatro meses aquí, en Ankawa. Pero nadie de nosotros está enfadado con Dios. Afortunadamente, todos estamos todavía vivos».

No se han olvidado las imágenes de agosto, cuando decenas de miles de cristianos inundaron las ciudades de Kurdistán huyendo de ISIS. Tras ellos, una huida en pánico bajo el calor del mes de agosto. A falta de alojamientos adecuados, frecuentemente tenían que dormir en el suelo, al aire libre, también en Ankawa, el barrio cristiano de Erbil. La gente dormía sobre las aceras y debajo de matorrales. Desde entonces se ha hecho mucho. «Veo muchos progresos desde mi última visita, en agosto», declara Johannes Heereman, Presidente de «Ayuda a la Iglesia que Sufre». A mediados de diciembre visitó el Kurdistán iraquí, donde ha encontrado refugio la mayoría de los aproximadamente 120.000 refugiados cristianos. «Es un gran paso hacia delante. Los alojamientos son mucho mejores. Muchos han encontrado trabajo y pueden contribuir a su sustento. Esto es importante, pues las ayudas solo aseguran el mínimo para subsistir. No obstante, la situación, por supuesto, es desesperada, pues no hay perspectiva alguna. Todavía no se puede saber cuándo se liberarán los lugares ocupados por ISIS».

Mientras tanto, la iglesia local no se queda mano sobre mano. «Cuando llegaron, los refugiados estaban completamente traumatizados», dice el padre Daniel. Este joven sacerdote trabaja en el campo caldeo de refugiados Mar Elia de Ankawa. Más de 800 cristianos viven en 62 tiendas de campaña. «Para ellos no fue fácil superar la idea de que se habían quedado sin nada y que tenían en vivir en carpas, pues antes habían vivido en casas propias. También desconfiaban unos de otros. Sobre todo los niños sufrían en esta situación. Veían llorar a sus madres y gritar a sus padres. Comenzamos a estructurar la vida diaria, para distraer a los niños». Los juegos y los concursos de baile y de canto les devolvieron algo de alegría. «Hoy —comenta el padre Daniel— los niños están mucho más tranquilos. Y también los adultos, que al comienzo estaban totalmente apáticos, intentan de nuevo recomponer sus vidas. Muchos trabajan en restaurantes o en las obras de construcción de Erbil». Realmente, el campamento causa una buena impresión. No hay basura tirada por ningún lado; la ropa está tendida, limpia, en las cuerdas tendidas entre las carpas. Sin embargo, dice el padre Daniel, no se puede continuar así indefinidamente. «Por supuesto que podemos equipar el campo mejor con electricidad y cuartos de aseo. Esto es importante y necesario; pero lo decisivo es que las personas puedan pensar de nuevo más allá del día a día». El padre Douglas Bazi, que dirige el campamento de Mar Elia, asiente: «Indefinidamente no van a aguantar. Muchos quieren abandonar Irak. Australia, América o Europa son sus objetivos. Han perdido la confianza en un futuro, aquí en Irak. No podemos, ni queremos, obligar a la gente a que se quede aquí. Otros, a su vez, desean quedarse. Unos quieren volver a sus casas de la llanura de Nínive, cuando se haya liberado. Otros desean comenzar una nueva vida aquí, en Kurdistán. Pero es especialmente importante que no perdamos a la próxima generación. Por ello, es decisivo que los niños puedan volver a la escuela».

Por ello se dio un importante paso cuando, a mediados de diciembre, se abrió una primera escuela en Ankawa para niños refugiados cristianos. Le seguirán otras siete escuelas, distribuidas por el Kurdistán iraquí. Han sido financiadas por «Ayuda a la Iglesia que Sufre». A partir de enero, más de 7.000 niños podrán volver a asistir regularmente a la escuela. El Arzobispo Matti Warda, cabeza visible de la Iglesia caldea de Erbil, está agradecido: «Es una aportación importante para dar nuevas perspectivas a nuestros refugiados. Agradecemos su generosidad a todos los benefactores».

 

Por Oliver Maksan

Posted on 20 enero, 2015 in Noticias

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