¡Misioneros en Colombia, la base de la paz!

Medellín del Ariari es una región relativamente nueva en Colombia, fundada en los años 50’s por los primeros colonos que llegaron a la región en busca de un futuro mejor, y en algunos casos huyendo de la guerra que azotó nuestro país a mediados del siglo pasado.

Este es uno de los pueblos que caracteriza el conflicto armado en Colombia: un pueblo rico lleno de pobres, víctima del olvido y de la miseria de la guerra que azotó nuestros campos.

En los primeros años de existencia, Medellín del Ariari no contaba con una iglesia o presencia religiosa, ésta solo comenzó a existir en los años 70 con la llegada de los primeros misioneros. Solo en los años 80 se cuenta con la asistencia de la iglesia católica de forma estable.

Después de 20 años de alegría parroquial, Medellín del Ariari volvió a ser un pueblo desierto de vida espiritual, por causa del conflicto que se vivía en la región y amenazas concretas a manos de guerrillas y paramilitares, los misioneros que ahí vivían tuvieron que salir y abandonar las almas a su suerte.

Fueron años duros para Medellín del Ariari;  dicen las voces populares que no hay una sola familia en la población que no tenga un muerto o una víctima.  Al poco tiempo este pequeño caserío de 14.000 almas comenzó a ser un pueblo fantasma donde sus habitantes huían a Villavicencio por causa del conflicto. En medio de este ambiente hostil los misioneros claretianos impulsados por el deseo de llevar los sacramentos a esta población, decidieron comenzar una misión en la población, conformados por un sacerdote de 72 años, de cuerpo cansado pero de alma invencible y un joven diácono que mal terminaba sus estudios para convertirse en sacerdote y dejaba las comodidades de la ciudad para entregarse por completo a esta comunidad.

Fueron años difíciles donde los misioneros se convirtieron en el sustento y esperanza de los habitantes de la comunidad, en especial aquellos que nada tenían que ver con el conflicto.

Muchos hoy dicen que si no fuese por la paciencia y dedicación del padre Henry, muchas familias no habrían soportado la terrible situación y hoy Medellín sería efectivamente un municipio fantasma.

Llevando siempre los sacramentos a 22 veredas en bicicleta, estuvieron siempre pendientes de atender las necesidades de su pueblo, aún cuando en las peores épocas del conflicto llego a haber más de un muerto por semana; incluso tuvieron que desafiar a algunos de los actores del conflicto armado con hacer actos de desagravio públicos por asesinatos injustamente cometidos. En alguna ocasión tuvieron que oponerse de forma muy valiente al terrible ajusticiamiento de un pobre anciano de 82 años, acusado de ser una parte activa del conflicto y al que querían asesinar públicamente.

Los misioneros reciben en promedio 50.000 pesos semanales como resultado de la colecta del Domingo. Si no reciben ayuda de su comunidad o de entidades externas, no pueden de manera alguna mantenerse y pagar sus gastos básicos para desarrollar su labor en la región. Con estos recursos es literalmente imposible construir un templo o una iglesia que albergue a la comunidad.

Es así como la Fundación Ayuda a la Iglesia que Sufre atendió el apelo de los misioneros y de la comunidad, decidiéndo apoyar la construcción del templo parroquial construido con el apoyo de nuestros benefactores. Este templo está a punto de convertirse en uno de los primeros templos dedicados no solo a la vida pastoral, sino a ser un santuario de la paz y la reconciliación en Colombia.

Esta es solo una de las muchas historias de misioneros en Colombia, de  personas que entregan por completo su vida y se dedican a la comunidad, arriesgando su integridad física, dejando atrás su comodidad para poder llevar el evangelio y la paz de Cristo a las regiones más remotas y olvidadas de nuestro país.

Muchos de estos misioneros en Colombia, son testigos silenciosos de la historia de nuestro país y a ellos se les debe la paz que muchas comunidades hoy disfrutan.

Posted on 9 diciembre, 2015 in Noticias

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