¡Dios me trajo a Turquía a jugar en su liga!

“Yo jugaba al futbol en un club en Nigeria. Mi manager me dijo que era bueno y me dió esperanzas de encontrar un equipo en Europa. Me cobró 4000 dólares por los trámites para  jugar en un club en Izmir, en Turquía.” Así comienza Pascal a contar su historia. Sin embargo nada más pisar suelo turco recibió una llamada del manager: el contrato había sido anulado. Con la indicación de no regresar a Nigeria a pedir su dinero porque en ese caso le haría la vida imposible, le recomendó irse a Estambul. Pascal nunca había oído sobre Estambul. “Es una ciudad grande y encontrarás ayuda” le dijo. Así fue, Pascal encontró un ciudadano turco en la estación que le ayudó a contactar con un club. “Dios lo puso en mi camino, estoy seguro de eso. Entrené en ese club mucho tiempo pero al final todo acabó en nada” cuenta el jugador.

El joven nigeriano lleva tres años en Turquía, “muchas promesas pero ningún resultado, solo fe” comenta. Este ha sido también el único apoyo que ha encontrado durante este tiempo: su fe cristiana y su confianza en Dios. Y es que a pesar de todo lo que ha pasado Pascal está convencido: “Vine a Turquía con la intención de jugar al futbol pero Dios me trajo aquí a jugar otra liga. No he jugado un solo partido con un club pero estoy jugando un partido más importante: dar testimonio de Dios con mi vida, mi forma de actuar. Mi plan era uno, pero Dios tenía otro plan para mí. Dios me hizo encontrar otro equipo, he encontrado un grupo de oración, mi fe ha crecido, rezo todos los días y le alabo por haberme traído aquí.”

El caso de Pascal podía ser único pero no lo es, hay muchos, decenas, como él. Muchachos de Ghana, Nigeria, Camerún  y otros países de África que vienen llenos de esperanzas y sueños. Siguiendo el mismo sistema de fraude todos han recibido la promesa de encontrar un club de futbol, pagan grandes sumas en sus países de origen, ayudados en su mayoría por el esfuerzo de toda la familia y una vez aquí descubren que era todo una farsa. El padre Julius Ohnele, sacerdote nigeriano que se ocupa de la pastoral y el cuidado de estos inmigrantes en Estambul, cuenta que el número de los deportistas es tan grande que con mucho esfuerzo desde hace cinco años organizan un campeonato continental entre jugadores africanos llegados de los diferentes países: “El entrenamiento y los partidos les tiene ocupados y es saludable que entrenen y sigan manteniéndose en forma, además se invita a los diferentes clubes de futbol para que los vean y hemos conseguido así incluso colocar a algún jugador”.

El caso de estos deportistas es un caso específico pero hay miles y miles de africanos en Turquía. “Algunos huyen de una situación de guerra y violencia en su propio país, de Somalia, Eritrea o Congo por ejemplo. Otros piensan que viniendo aquí encontraran una vida mejor o un paso a otros países vecinos. La situación geográfica de Turquía le hace lugar de tránsito, la frontera con Grecia sin embargo está muy controlada y al final muchos de los inmigrantes se quedan atrapados sin dinero, sin trabajo, sin esperanza. Muchos acaban en una depresión” explica el padre Julius.

No es fácil para ellos en un país donde el 99,6% es musulmán. El permiso de residencia cuesta entre 1000 y 3000 dólares y es sólo es para seis meses. Encontrar un trabajo es difícil y a menudo se sienten discriminados y relegados en la sociedad. Si encuentran algo suele ser ocasional y muy mal pagado. Muchos acuden para pedir ayuda al Padre Julius que aparte de oraciones no puede ofrecer casi nada: “Aquí en Turquía es muy difícil recibir ningún tipo de ayuda, mucho más arduo que en otros países de Europa.”

Volver a su país es imposible para ellos y no solo por la falta de medios para pagar el transporte. “Prefieren morirse de hambre, no tener ayuda médica y ser humillados que volver a sus casas y destrozar las esperanzas que han puesto en ellos. En sus países de origen se piensa que Europa es un país donde van a vivir bien e incluso poder ayudar a los que se han quedado. Las familias dan todo lo que tienen para que el hijo pueda ir al extranjero, a veces incluso toman prestados grandes créditos y se endeudan. Volver para decir que han sido engañados es impensable. Antes morir en la miseria” retoma Pascal el relato.

“Todos sufren muchos, algunos acaban en prisión. Otros han intentado pasar a Grecia con fatales resultados. Poco después de llegar yo aquí, en el 2007, perdí a algunos de mis feligreses, los conocía, había rezado con ellos. Perecieron todos ahogados cuando se hundió el bote en el que iban. Ese día sentí que se me partía el corazón. Desgraciadamente esto sigue ocurriendo” comenta Padre Julius.

La comunidad católica es uno de los pocos sitios donde estos “africanos de la diáspora” se sienten en casa. Además de la misa dominical en inglés, el padre Julius celebra con regularidad una misa africana, con su música y sus costumbres. “Estos encuentros son una buena oportunidad para darles un mensaje de esperanza, de perseverancia, de ánimo. Muchos de ellos han visto su fe reforzada después de sufrir tantas dificultades.. Hay grupos de rezo del rosario, hay grupos carismáticos, la plegaria nos sostiene a todos. Dios es su esperanza.” concluye el sacerdote.

Posted on 1 diciembre, 2014 in Noticias

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