Compartir el sufrimiento de los demás

Pakistan

Han pasado cinco años desde el asesinato de Shahbaz Bhatti, ministro paquistaní para las Minorías y primer cristiano en asumir un cargo tan destacado en el Gobierno federal de este país islámico. Hasta el día de hoy no está claro quién estaba detrás de su muerte, pero mucho más interesantes son las siguientes cuestiones: ¿Quién fue este hombre y por qué tuvo que morir?

En la primavera de 2011, la fundación pontificia internacional Aid to the Church in Need (ACN) me pidió que viajara a Pakistán para la labor de producción de documentales sobre la Iglesia necesitada para Catholic Radio and Television Network.

Esto va demasiado lejos, pensé, pues, hasta entonces, nunca nos habían enviado “a la guerra”. Las únicas noticias sobre Pakistán en aquel año se referían a asesinatos, atentados de bomba y actividades de los talibanes paquistaníes. La Pascua de Resurrección estaba cerca y nosotros nos estábamos preparando en la Comunidad de San Egidio con la lectura de fragmentos del testamento de Shahbaz Bhatti, apenas un mes después de su asesinato.

Sus palabras eran encomiables: “Recuerdo que era Viernes Santo antes de la Pascua –yo tenía entonces trece años de edad–, cuando escuché un sermón sobre cómo Jesús se sacrificó y trajo la redención y salvación a este mundo. Ese fue el momento en el que empecé a reflexionar sobre el amor de Jesús por nosotros, y esto me condujo a sacrificar mi vida para ponerla al servicio de los cristianos y, sobre todo, los cristianos pobres, necesitados, perseguidos y victimizados de este país islámico. Esta es mi pasión, pues creo que son parte de nuestro cuerpo en Cristo”. Y prosigue así: “No busco la popularidad ni cargo alguno, solo quiero un lugar a los pies de Jesús. A raíz de este deseo, me consideraría incluso más afortunado si –en mis esfuerzos y en mi lucha por ayudar a los cristianos perseguidos y victimizados de Pakistán– Jesucristo aceptara el sacrificio de mi vida. Quiero vivir para Cristo y quiero morir por él”.

Me avergoncé de mi misma, y en ese momento supe que quería ir a Pakistán para volver a contar la historia de este hombre. Varios meses más tarde aterrizamos en Karachi junto con el P. Andrzej Halemba y un equipo de Aid to the Church in Need (ACN). Un año más tarde logramos viajar de nuevo a Pakistán con un equipo de filmación. Shahbaz Bhatti nació en 1968 en la aldea cristiana de Khuspur en la region de Punjab –una de las pocas aldeas cristianas en el mapa del Pakistán islámico–. Con el tiempo, Shahbaz empezó a comprender lo realmente difícil que era la situación de la minoría cristiana (2%) en Pakistán: casi siempre pobres, sin recursos para una educación, discriminados en el ámbito laboral, presionados a convertirse al Islam, tratados de forma desigual ante la ley y, sobre todo, amenazados por draconianas leyes antiblasfemia. El P. Pervez Emmanuel, que conocía a Shahbaz desde pequeño, recuerda cómo le impresionó no solo el sentido de la justicia del chaval, sino también la profundidad de su fe. Una fe alimentada por el rezo diario, la Palabra de Dios y la simpatía, compasión y relación franca con los necesitados. Procedente de una familia razonablemente próspera y bien educada, pasaba días enteros entre pastores de burros, obreros de las fábricas de ladrillos y barrenderos, intentando entenderlos y ayudándoles a superar su difícil situación material.

En la escuela secundaria empezó a reunir a simpatizantes en torno a su iniciativa y pronto fundó el Frente de Liberación Cristiana que, con el tiempo, se convirtió en la Alianza de todas las Minorías Paquistaníes (APMA, por sus siglas en inglés). Esta organización luchaba contra la discriminación no solo de los cristianos, sino también de los hindúes, los budistas y los miembros de otras minorías religiosas. Siempre que algo ocurría –violencia, violaciones, inundaciones, terremotos,… – ellos estaban ahí. Entre sus amigos había muchos musulmanes, a los que respetaba mucho, y también estaba muy orgulloso de ser paquistaní. Creía en el Pakistán del que hablaba el fundador del país, Muhammad Ali Jinnah, quien quería un país basado en el Islam, pero también pluralista y en el que también los miembros de otras religiones pudieran encontrar un hogar.“Definitivamente, era un hombre con un sueño, con una visión, pues estaba convencido de que era posible que personas de diferentes grupos religiosos convivieran pacíficamente en Pakistán”, asegura el Arzobispo de Karachi, Mons. Joseph Coutts. Sus valientes esfuerzos en aras de este sueño hicieron que a finales de 2008 fuera nombrado ministro federal para las Minorías del Gobierno creado por el partido de Benazir Bhutto, también asesinada. En poco tiempo logró introducir una ley que garantizaba a las minorías un 5% de representación en los puestos públicos, incluido el Parlamento.

Como ministro se involucró personalmente en asuntos difíciles que afectaban a gente normal, por ejemplo, el de Asia Bibi, una esposa católica y madre de cinco hijos acusada de blasfemia y sentenciada a muerte. Como consecuencia de su abierta crítica a los abusos derivados de la ley antiblasfemia, empezó a recibir cada vez más amenazas. A pesar de ser consciente del gran peligro que corría y sin que deseara en ningún modo la muerte, decidió no dar un paso atrás en su compromiso de ayudar a las minorías religiosas discriminadas. El 2 de marzo de 2011, delante de su vivienda en Islamabad, acribillaron su coche y veintisiete balas atravesaron su cuerpo.

Dos años antes de su muerte, en un pasaje de un libro que se ha convertido en su testamento spiritual (Christiani in Pakistan. Nelle prove la speranza, Marcianum Press, Venezia 2008), Bhatti escribió: “Mi cuerpo humano está herido, pero no se trata de heridas físicas, sino de las heridas de la preocupación, el sufrimiento, la angustia y el dolor de los cristianos perseguidos en Pakistán, de los cristianos necesitados y oprimidos. Formamos una familia con la gente necesitada, y como tal familia deberíamos compartir el pesar, la pena y el sufrimiento entre nosotros”. Estoy profundamente convencida de que estas palabras siguen siendo igualmente vigentes hoy, tanto para mí como para todos nosotros.

 

Por Magdalena Wolnik (CRTN/ACN)

Posted on 18 marzo, 2016 in Noticias

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