Celebrar para vivir

Con el apoyo de Ayuda a la Iglesia que Sufre, el P. Pedro ha rehabilitado el barco Zé Bezerra, que es una herramienta fundamental en sus viajes misioneros.

 

por Rodrigo Arantes

 

“Hay que acostumbrarse a las distancias”: esta fue una de las primeras lecciones que aprendió el P. Pedro Paulo Schewior cuando llegó a Tefé, un municipio brasileño del Estado brasileño de Amazonas, ubicado a más de 500 kilómetros de distancia de Manaos. No solo se refería a la distancia de los familiares y de las costumbres dejadas atrás hacía veinte años en Polonia, su país de origen, sino, principalmente, a los largos desplazamientos que afronta en sus actividades misioneras en la región, desplazamientos que lo obligan, en ocasiones, a pasar días enteros en su barco cuando se desplaza de un lugar a otro.

 

De los veintisiete años que viene ejerciendo el ministerio sacerdotal, el P. Pedro ha dedicado la mayor parte a la misión en Brasil: once en el Estado de Goiás y nueve más en las comunidades ribereñas de Tefé. Las grandes dificultades no lo desaniman ni disminuyen la certeza de su vocación misionera. Esta vocación se la atribuye totalmente a su madre, que fue quien le enseñó a rezar por los misioneros cuando todavía era pequeño, sin saber que así despertaba, poco a poco, en su corazón, el deseo de no limitarse a rezar, sino de convertirse en un misionero para el mundo. Su deseo de llevar la Palabra de Dios a otros pueblos ya no cabía en las fronteras de su país: era preciso “remar mar adentro” (Lc 5, 4).

 

Y justamente sobre las aguas es donde el P. Pedro ha llevado adelante, con mucho empeño, su labor entre los habitantes de la Amazonia. Con el apoyo de Ayuda a la Iglesia que Sufre, el P. Pedro ha rehabilitado el barco Zé Bezerra, que es una herramienta fundamental en sus viajes misioneros. Con la mejoría de este medio de transporte es posible acortar la duración del viaje y garantizar una mayor disponibilidad del sacerdote que, gracias a sus frecuentes visitas, ha logrado que en algunas de sus comunidades el porcentaje de católicos alcance un impresionante 100%.

 

Una de ellas, la comunidad de San Antonio de Ipapucu, se ha convertido en un modelo de vida comunitaria que sigue el ejemplo de los apóstoles: “Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo era común entre ellos” (Hch 4,32). Sus habitantes se ayudan mutuamente en el trabajo en las plantaciones, sobre todo, cuando uno de ellos cae enfermo. Además, han montado una huerta comunitaria, forman colectivos para todo tipo de trabajo y, claro está, sin quitar importancia a la fe.

 

Como el sacerdote solo puede estar presente una media de diez veces al año, los catequistas se encargan de dirigir la Liturgia de la Palabra los domingos sin Misa en la parroquia. Raimundo Menezes, animador pastoral de la región, reconoce la importancia de estas celebraciones para el fortalecimiento de la comunidad: “Para mantenerse viva y activa, una comunidad católica tiene que celebrar”.

 

A pesar del deslumbrante paisaje y de tantos escenarios inspiradores, “la vida de estos habitantes no es precisamente idílica”, afirma el P. Pedro, que enumera las dificultades y luchas que afronta en su labor a favor de estos habitantes. El único consuelo llega con las visitas del sacerdote que, además de los sacramentos, les lleva el cariño y la atención de los que solo dispone un enviado de Dios.

 

El P. Pedro da las gracias a todos los bienhechores de Ayuda a la Iglesia que Sufre, sobre todo “por la fe, y ese espíritu misionero e interés por la misión que tienen, que al igual que Santa Teresa del Niño Jesús les permite aceptar renuncias en sus vidas para poder compartir con las personas necesitadas”.

Posted on 4 noviembre, 2015 in Noticias

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