Ayuda a la Iglesia que Sufre: 50 años de compromiso con Iberoamérica

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Solidaridad con los necesitados, ayuda a la pastoral, cooperación continua

 

La pura necesidad de cientos de miles de alemanes que huyen o son expulsados de Alemania oriental es lo que impulsa a actuar al Padre Werenfried van Straaten tras la Segunda Guerra Mundial. Además, lucha por las Iglesias perseguidas en Europa del Este, y también se ocupa de la “preparación del futuro”[1] –como él mismo lo formula más tarde–, la promoción de la pastoral y la formación cristiana. Ayuda a la Iglesia que Sufre, la asociación católica internacional fundada por él, es para él vocación, programa y obligación.

 

En 1962 el Padre Werenfried acomete una nueva tarea: viaja a Iberoamérica, que afronta transformaciones dramáticas, para conocer a una Iglesia en un “crisol de revoluciones sociales”[2]. El Papa Juan XXIII había llamado a los católicos a ayudar a este subcontinente. El viaje del P. Werenfried condujo a una cooperación duradera y exitosa, y a una solidaridad sin precedentes con las Iglesias locales de América Central y del Sur. Tan solo en los últimos diez años, Ayuda a la Iglesia que Sufre ha podido destinar casi 80 millones de euros a más de 16.800 proyectos, y, entretanto, la fundación pontificia cuenta con oficinas propias en Brasil, Chile, Colombia y México. Mirando hacia atrás, queda clara la importancia, la urgencia y la diversidad de los proyectos, pero también es perceptible lo imprescindible que sigue resultando hoy una ayuda pastoral específica, pese a todos los cambios o precisamente por ellos.

 

 

Primer viaje a Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México, Perú y Venezuela

 

Las impresiones de su primer viaje a Iberoamérica las publicó el Padre Werenfried en 1969 en el libro Donde Dios llora. En 1962 se encontró, según dice en su libro, con una “Iglesia de pecadores e ignorantes que jamás reciben instrucción religiosa y raramente los sacramentos”[3], y con una Iglesia con “tantas y tan maravillosas personalidades que me he avergonzado profundamente por las duras críticas que había oído en Europa al respecto”[4]. Este sacerdote originario de Holanda es incluso más claro: “Se critica mucho a la Iglesia de Iberoamérica, y no se tiene en cuenta que este continente está pasando por una crisis análoga a la que se inició en Europa hace siglo y medio. No nos acordamos de las terribles condiciones que imperaban en Europa en los comienzos de la era industrial y que continuaron durante muchos años después”[5]. Y prosigue así: “Los problemas a que se enfrenta ahora la Iglesia en Iberoamérica son semejantes –si bien de más amplias dimensiones– a aquellos que en el siglo XIX no supo resolver la Iglesia europea”[6].

 

Al viaje a Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México, Perú y Venezuela le siguieron rápidamente los actos. Para el año 1963, el P. Werenfried aprobó una ayuda de 800.000 dólares EE.UU. Entre otros, se promovieron las llamadas radio-escuelas que transmitían programas de formación religiosa para analfabetos de la Diócesis de Natal (noreste de Brasil), diócesis que disponía de una emisora de radio. Además de la formación, también se retransmitían Misas y predicaciones. En total, fue posible instituir 1.500 radio-escuelas. A partir de 1964 también se apoyó la iniciativa Hogar de Cristo, una obra social fundada en 1944 por el Jesuita chileno Alberto Hurtado, que hizo posible que millones de personas sin hogar obtuvieran un techo. Tras la muerte de Hurtado por cáncer en 1952, el Jesuita belga José van der Rest se hizo cargo del Hogar de Cristo: en los suburbios de Santiago erigió muchos miles de casitas prefabricadas, y Ayuda a la Iglesia que Sufre contribuyó a la financiación de camiones para el transporte del material de obra y la construcción de capillas en los nuevos barrios.

 

Gracias a la generosidad de miles de bienhechores, Ayuda a la Iglesia que Sufre pudo destinar en los siguientes años más recursos a cada vez más iniciativas, entre ellas, el proyecto AMA (1973), consistente en financiar camiones para la Amazonia. En aquellos años se empezaron a explotar los recursos de la Amazonia –hasta entonces solo habitada por indígenas– con importantes efectos sociales y ecológicos. Como consecuencia, mucha gente se desplazó a esta parte hasta entonces virgen del país. En la región había pocos sacerdotes y apenas medios de transporte, por lo que resultaba imposible garantizar una pastoral organizada. Por esta razón, Ayuda a la Iglesia que Sufre le compró al Ejército suizo 280 camiones desechados junto con las piezas de recambio, para embarcarlos rumbo a la Amazonia. Las diócesis también emplearon los camiones como fuente de ingresos para financiar otras iniciativas pastorales, y algunos de ellos han seguido en funcionamiento hasta hace muy poco.

 

La disposición a donar dinero a la Iglesia de América Central y del Sur fue en aumento: de 2,2 millones de dólares EE.UU. en 1972 se pasó a 9,5 millones en el año 1985, y seis años más tarde ya fueron 15,2 millones. Así fue posible apoyar cada vez más proyectos. Algunos ejemplos: tras el terremoto en Guatemala, Perú y Nicaragua, Ayuda a la Iglesia que Sufre apoyó a estos países en la reparación y reconstrucción de iglesias y demás edificios eclesiales. Además, también apoya la labor de las religiosas en aquellas zonas en las que apenas hay sacerdotes. Pese a que la promoción de la pastoral siempre fue y seguirá siendo el objetivo primordial, la fundación también ha prestado en repetidas ocasiones una ayuda de emergencia como, por ejemplo, la destinada a garantizar el sustento de familias empobrecidas o la educación de miles de huérfanos.

 

 

Iberoamérica hoy: cambios políticos y amenazas sociales y ecológicas

 

Hasta hoy, el apoyo de Ayuda a la Iglesia que Sufre es para Iberoamérica imprescindible. “Pese a los complejos cambios políticos, una evolución económica muy diversa en los diferentes países y una nueva diversidad religiosa que también plantea sus problemas, la Iglesia Católica sigue siendo una importante fuerza social. Además, la importancia de la Iglesia iberoamericana como parte de la Iglesia Universal va en aumento”, explica Ulrich Kny, jefe de la Sección de Ayuda a la Iglesia que Sufre del Cono Sur (Argentina, Brasil, Chile, Paraguay, Uruguay) y Cuba. Según Ulrich Kny, las tensiones políticas y sociales, así como las amenazas ecológicas plantean a la Iglesia nuevos retos, y algún que otro proceso actual recuerda a las transformaciones de hace cincuenta años.

 

Y nombra un ejemplo: en Brasil, la economía está en pleno auge, lo cual fomenta la explotación abusiva de la naturaleza y atiza los conflictos sociales. “Un gran problema reside en el constante éxodo rural: casi tres cuartas partes de la población amazónica vive ahora en las urbes”, informa Ulrich Kny, quien añade: “La gente está desarraigada y carece de una buena asistencia por parte de la Iglesia debido a las enormes distancias y la flagrante carencia de sacerdotes, religiosas y colaboradores laicos”.

 

La expansión económica tiene, según asegura el jefe de la Sección del Cono Sur y Cuba, consecuencias alarmantes: “Hay fortísimos conflictos sociales, disputas por tierras, violencia extrema, prostitución y trata de personas. A ello cabe añadir que el consumo de drogas está muy extendido y que aumenta el número de sectas”. En las periferias de las ciudades más grandes como Manaos (a orillas del Río Negro) o en la conurbación de Belém (desembocadura del Amazonas), están surgiendo gigantescas urbanizaciones nuevas, con o sin planificación. En las zonas de inundaciones, miles de personas viven en míseros palafitos, casi siempre, sin contar con ningún tipo de ayuda. Ulrich Kny señala: “Los Obispos afrontan inmensos problemas pastorales. Quieren anunciar a esta gente la Palabra de Dios, ofrecerle la Eucaristía y fortalecer la pastoral familiar y juvenil, pero carecen de suficientes sacerdotes, catequistas, medios de transporte e iglesias”.

 

No obstante, las diócesis y congregaciones de la Amazonia han creado diversas infraestructuras sociales. Ofrecen cursos de formación profesional y asesoramiento, apoyan a los necesitados y oprimidos, y facilitan a los toxicómanos el retorno a la vida real. Aquí destaca sobre todo una iniciativa con un importante índice de éxito –las Fazendas da Esperança, las Granjas de la Esperanza–, fundadas por el Padre Franciscano alemán Hans Stapel. En estas granjas viven y trabajan en pequeñas explotaciones agrícolas hombres y mujeres toxicómanos. A diario rezan juntos e intentan integrar el Evangelio de forma concreta en su vida cotidiana. Lo que caracteriza a una Granja de la Esperanza es el ambiente acogedor y cordial que refleja que ahí pueden experimentarse directamente el amor y la misericordia de Dios. Muchos de los que logran desengancharse de las drogas siguen manteniendo el contacto con la iniciativa de Fray Hans. En el norte de Brasil, ya está presente en varias diócesis.

 

Los proyectos subvencionados son tan diferentes entre sí como sus iniciadores, países, etnias y culturas iberoamericanos: cursos de formación para catequistas, anuncio de la fe por radio y televisión, ayuda a los sacerdotes en regiones de difícil acceso, medios de locomoción para misioneros y la labor caritativa y catequética de las religiosas, y fortalecimiento de la pastoral familiar, juvenil y vocacional. Pero también se presta ayuda en situaciones de emergencia, como en 2010, tras el devastador terremoto en Haití y Chile, o se actúa por motivos especiales: así, por ejemplo, la Fundación financió en 2012, con motivo de la visita del Papa Benedicto XVI, la producción y distribución de 250.000 rosarios con una medalla triangular de la Virgen de la Caridad del Cobre.

 

Ayuda a la Iglesia que Sufre ha podido reunir en las últimas décadas muchos millones de euros para Iberoamérica, porque cientos de miles de personas han depositado su confianza en la iniciativa del P. Werenfried y la han apoyado una y otra vez. “La ayuda al desarrollo puramente socioeconómico, a la que ya están dedicadas otras organizaciones y campañas, la hemos excluido“, escribió en 1969, añadiendo: “Nosotros nos ceñimos a lo que desde el principio fue nuestro objetivo primordial: la ayuda a la pastoral”.

[1] Werenfried van Straaten, Donde Dios llora,  reed. Ciudad Nueva, Madrid 2009, pág. 91

[2] Ibíd., pág. 95

[3] Ibíd., pág. 96

[4] Ibíd., pág. 96

[5] Ibíd., pág. 93

[6] Ibíd., pág. 94

Posted on 7 julio, 2015 in Noticias

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