Alguien tiene que empezar: ¡nosotros!

Las buenas noticias suelen pasar inadvertidas entre las numerosas crónicas de terribles sucesos. Y, sin embargo, en muchos lugares del mundo está germinando la semilla de la paz y la reconciliación. El padre Werenfried van Straaten, fundador de la Fundación Pontificia Internacional «Ayuda a la Iglesia que Sufre», dedicó toda su vida al servicio de la reconciliación. Falleció el 31 de enero, hace doce años. 

Frecuentemente se comienza con un gesto de ayuda. El padre Werenfried van Straaten, fundador de «Ayuda a la Iglesia que Sufre», tenía como lema: «Alguien tiene que empezar: ¡nosotros!». Cuando el Papa Juan Pablo II, en 1991, le pidió que —tras una larga vida tendiendo puentes— buscara también vías para el diálogo con la Iglesia ortodoxa rusa, se entusiasmó por ello. Esa Iglesia, tras una persecución de decenios, tenía que comenzar nada más y nada menos que desde cero. Las cifras hablan por sí mismas: de las aprox. 60.000 iglesias en las que, antes de la Revolución de Octubre, se celebraba la Sagrada Liturgia en Rusia, veinte años más tarde solo quedaban 100. Solo en los dos primeros años tras la Revolución fueron asesinados 15.000 sacerdotes ortodoxos. Más de 300 obispos fueron ejecutados o murieron en las cárceles. Ayudar a esa Iglesia hermana, la ortodoxa, tras el hundimiento del régimen comunista, no solo con palabras, sino también con hechos, es lo que —a los casi 80 años de edad— denominaba «la última y más grande alegría de mi vida».

El «ecumenismo de los mártires», la profesión de fe conjunta de cristianos católicos, ortodoxos y protestantes en los campos de prisioneros y en las cárceles de la Unión Soviética, desembocaría, tras el cambio político, en un «ecumenismo de la solidaridad». Ayudas para la formación de nuevos sacerdotes, los «barcos-capilla», que llegaban a las orillas de los ríos Volga y Don como iglesias flotantes, allí donde no había templos, iniciativas comunes en los medios de comunicación para hacer frente a los prejuicios e informar a los fieles sobre las otras iglesias, la ayuda en la atención pastoral en las cárceles, así como a drogodependientes, al igual que la ayuda al primer hospicio ortodoxo para niños terminales, produjeron frutos abundantes. De esas acciones surgieron numerosas amistades e iniciativas. La ayuda no ha ido tan solo en una dirección, pues en Rusia, donde los católicos representan solo una minoría, sacerdotes ortodoxos abiertos pueden ser una valiosa ayuda para las comunidades católicas. Cada uno de los siguientes Papas desearon expresamente que continuara esa labor. En muchas ocasiones, la desconfianza mutua se basa en desconocimiento y en prejuicios, por lo que es importante conocerse mejor para acercarse unos a otros.

«El ecumenismo es una obra del Espíritu Santo. El Espíritu Santo no tiene ni manos ni pies, por lo que los cristianos hemos de convertirnos en sus manos y en sus pies en el mundo». Con esas palabras, el joven pastor protestante Vladimir Tatarnikov, de Bielorrusia, resume lo que cada vez más católicos, protestantes y ortodoxos sienten: que la reconciliación no es una teoría, sino algo concreto, que se compone de palabras dichas conscientemente y de hechos, de pasos con los que las personas se acercan unas a otras, y que esto, en último término, es un regalo de Dios.

En muchos países se vienen desarrollando ya con éxito iniciativas ecuménicas. Por ejemplo, en Lutsk, al noroeste de Ucrania, se celebra cada año una actividad benéfica ecuménica. Para esa fiesta, católicos, ortodoxos y protestantes preparan un programa con canciones de Navidad, obras de teatro y bailes. Los beneficios se destinan a huérfanos; el programa se retransmite en la televisión pública. El hecho de que las iglesias, conjuntamente, ayuden juntas a niños pobres, produce también un buen ejemplo frente a las personas que están alejadas de la fe cristiana.

«No es algo añadido, sino sustancial»; así califica el Cardenal Kurt Koch, presidente del Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos, el esfuerzo en pro del ecumenismo. En algunos países, la cooperación entre las diferentes confesiones y religiones es también una necesidad absoluta, pues puede salvar vidas allí donde reina el odio, si los representantes de las religiones defienden unidos la reconciliación y la paz. En la espiral de violencia en la que se vio cada vez más inmersa la República Centroafricana en los años 2013/2014, fueron las voces de líderes religiosos católicos, protestantes y musulmanes las que se alzaron conjuntamente contra la ley de la venganza y a favor de la reconciliación y la cordura. Al esfuerzo común de los representantes de las iglesias y las religiones se debe que algunas poblaciones se evitaran masacres, por ejemplo en Bozoum, una ciudad al noroeste del país, donde en enero de 2014, el padre carmelita italiano Aurelio Gazzera, con un pastor protestante y un Imam, consiguieron —gracias a intensas negociaciones por la paz— que se retiraran los rebeldes Séléka, cuando se temía una matanza con cientos de muertes.

La cooperación se hace cada vez más necesaria, también teniendo en cuenta la persecución de los cristianos, que se están extendiendo. En diciembre de 2013, el Papa Francisco dijo en una entrevista concedida al diario italiano «La Stampa» que, de cara a la persecución de los cristianos, «el ecumenismo tiene prioridad» para él, pues «en algunos países matan a cristianos por llevar una cruz o poseer una biblia. Y antes de matarlos no les preguntan si son anglicanos, católicos, luteranos u ortodoxos. Su sangre se mezcla». Que todos sean uno era el deseo de Jesús. El padre Werenfried, fundador de «Ayuda a la Iglesia que Sufre», fallecido el 31 de enero hace doce años, confió siempre en el poder de Dios para que las personas abran sus corazones unas a otras. Tender puentes y fomentar la reconciliación fue la gran tarea de su vida. Dar el primer paso para ello ha sido desde siempre la característica fundamental de «Ayuda a la Iglesia que Sufre».

Posted on 10 febrero, 2015 in Noticias

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